Podemos considerar nuestro cuerpo como un cuerpo acuoso continuo de agua, con una concentración de sales estable en todos sus compartimentos. Esta concentración permite que cada órgano funcione correctamente.

La cantidad de agua en los espacios corporales es regulada por las sales disueltas en ella, los líquidos que se encuentran dentro y fuera de las células, tiende a equilibrarse por un dispositivo que se llama ósmosis. Si a una célula se la colocara en agua pura, se hincharía y reventaría en su intento de disminuir su concentración salina para igualarla con la del exterior. Por el contrario si se coloca una célula en una disolución muy concentrada de sal, entonces pierde agua y se arruga.

El volumen de agua de las células depende de la concentración de sales que hay en los líquidos extracelulares. El equilibrio hídrico, es decir, que el agua entre o salga de las células, depende fundamentalmente de la cantidad de sodio (Na+) en el exterior de la célula y de potasio (K+) dentro de la célula, pues el agua fluye de un lado a otro de las membranas celulares hasta que se igualan las concentraciones totales situadas a ambos lados. El mantenimiento de estas proporciones es de vital importancia porque el potasio interviene en multitud de procesos celulares que serían inhibidos por altas concentraciones de sodio.

La regulación dentro de las células corre a cargo de unas “bombas de magnesio” que expulsan el sodio y retienen el potasio, mientras que la extracelular es hormonal y corre a cargo de los riñones, el sudor y las heces, es decir de los sistemas de excreción. Estos sistemas de control no son ilimitados, pueden saturarse, si nuestra alimentación es muy desequilibrada. Para que esto no ocurra hay que cuidar la relación de sodio/potasio en nuestros alimentos, que debería de ser 1 de sodio x 10 de potasio, justo lo que necesitan nuestras células, y ya que la relación sodio/potasio en mejor en los vegetales que en los animales, los vegetales deberían predominar en nuestra dieta diaria.

Ayudando al cuerpo a regular el equilibrio hídrico:

1. Demasiado sodio puede sobrecargar el riñón teniendo dificultad para eliminar su exceso y esto aumentaría el nivel de sodio en los líquidos extracelulares, provocando que el agua salga de las células para diluirlo. Esto hace que se acumule un exceso de líquido fuera de las células provocando un aumento de la tensión sanguínea y posibles edemas, Por ello es conveniente evitar los alimentos muy salados, como carnes, embutidos, quesos, etc. Estos efectos son menores si la dieta diaria contiene verdura y fruta, muy ricas en potasio. El potasio entra en el interior de las células equilibrando el sodio del exterior.

– Otro punto importante es saber que la sal sin cocinar se asimila muy rápidamente aumentando la tensión sanguínea (exceso de sodio) y ejerciendo un efecto hiperestimulante en el sistema nervioso parasimpático. Esto no ocurre cuando “vegetalizamos” la sal (miso, salsa de soja, tamari), y el gomasio (la grasa del sésamo impermeabiliza en parte las paredes del estómago haciendo más lenta su asimilación).

2. Demasiado potasio produce que entre mucha agua dentro de las células en un intento de diluir el potasio en su interior, disminuyendo los líquidos extracelulares, las células se hinchan produciendo debilidad y aumento del volumen corporal, baja la tensión, y puede producirse la aparición de calambres al bajar los niveles sanguíneos de magnesio. Algo a tener en cuenta es que el agua destilada no es recomendable porque no tiene sales minerales. Cuidado con tomates, patatas, berenjenas, pimientos, espárragos, exceso de frutas (sobre todo naranjas, plátanos y frutas tropicales), Tienen una relación potasio/sodio muy alta y no disponen de suficiente magnesio para regular el exceso de potasio.

3. Cereales integrales, legumbres y verduras deben ser nuestros alimentos principales, aunque su relación sodio/potasio es alta, disponen de magnesio suficiente para regular el potasio. No olvidándonos de cuidar nuestros riñones que son los encargados de equilibrar los líquidos.