Debido a la modernización de la agricultura y a los productos procesados, nuestra alimentación se ha ido alejando en los últimos años, cada vez más, de la forma de vida más tradicional y natural de nuestros antepasados, y nuestro cuerpo así lo está expresando. Comida ya preparado, empaquetada, lista para calentar en el microondas, con un alto contenido en Sal, grasas saturadas y calorías vacías. Se trata de una alimentación pobre en fibra, vitaminas, carbohidratos, aceites de buena calidad y por descontado, falta de vitalidad y energía fresca.

Es comida “vacía” que puede “llenarnos” al principio, durante un par de horas, pero que luego nos producirá un bajón energético que hará que necesitemos reponernos nuevamente con más azúcar, estimulantes, tentempiés salados, etc., En una rueda sin principio ni fin.
Nuestro sistema digestivo es el encargado de recibir, digerir y transmutar lo que comemos, viéndose afectado con prioridad por la pobre calidad de lo que le damos. Podemos empezar a reflexionar sobre todo esto.

El ser humano, necesita materiales con los que construir o reparar su propio organismo, energía para hacerlo funcionar y reguladores que controlen ese proceso. Para ello utiliza unas sustancias llamadas nutrientes: lípidos, hidratos de carbono, proteínas, vitaminas, minerales y agua. Estos materiales forman parte, en mayor o menor proporción, de los alimentos, que son sustancias naturales o artificiales que ingerimos mediante la comida.
La alimentación incluye la selección de los alimentos, su cocinado y su ingestión, todo esto es un acto voluntario, comprar lo que nos apetezca, cocinarlo y comerlo. La nutrición es involuntaria, de ahí la importancia de una correcta selección del tipo de alimentos y cantidades que introducimos en el organismo. De ello dependerá una buena salud. La palabra dieta deriva de la griega “ diaita” qué significa forma de vivir la vida armónicamente, con un cuidado especial en preparar y seleccionar los propios alimentos.
Esto no quiere decir que el hombre viva sólo de sus alimentos: el aire, las vibraciones electromagnéticas, cósmicas y terrestres, nos nutren y también determinan los estados físico y emocional. Pero la alimentación la elegimos nosotros más que ninguna otra cosa.

La macrobiótica estudia el alimento desde todos los puntos de vista, para tener un conocimiento total de su influencia en nosotros a nivel nutricional y energético, o sea, si nos comemos un tomate, que nos da y que nos quita.
Nosotros somos materia y energía, todo vibra, esa vibración puede ser diferente de unas personas a otras, de unos objetos a otros y de unos alimentos a otros. Siempre intentamos equilibrarnos a todos los niveles, buscar lo que nos falta, dejar lo que nos sobra para sentirnos más completos en nuestra vida. Cuando hace frío nos abrigamos y comemos alimentos calientes y con más proteínas; cuando hace calor nos vestimos con menos ropa y comemos alimentos que nos refresquen y con menos proteínas. Si estamos cansados intentamos dormir más; y si tenemos un exceso de energía, bailamos, andamos, corremos, etc.

A cada momento, nos nutrimos de un sinfín de variedades de energía, que forman parte de nosotros, se integran y permanecen hasta que se eliminan.
Cada alimento proporcionará a nuestro cuerpo diferentes energías, estados de ánimo, emociones, mayor o menor grado de vitalidad, diferente temperatura corporal, etc. Estos efectos los podemos apreciar muy bien con alimentos extremos, si tomamos alcohol nos sentiremos muy diferentes a si tan sólo tomamos agua. Lo mismo sucede cuando ingerimos grandes cantidades de carne o únicamente verduras.
Cada alimento tiene una personalidad, energía y efectos únicos, dependiendo de sus características de crecimiento: velocidad, dirección, estación, tamaño, densidad, contenido en agua … Todas estas cualidades producirán distintos efectos y reacciones en nosotros. Podemos elegir entre dos opciones: escuchar lo que el cuerpo nos dice y hacerle caso o, por el contrario, esperar a oír sus aullidos para actuar precipitadamente.

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